Histórica

Un banquete por el maestro Pestalozzi

En el Salón del Trono del palacio de Aranjuez suena una música cadenciosa que pretende ser bella y delicada y que sin embargo a la mayor parte de la concurrencia está resultándole monótona y empalagosa. Sirve para bailar el minué. Es el 19 de marzo de 1808. Doce damas vestidas de blanco, todas ellas sobrecargadas de encajes y lazos, se oponen a doce varones con levitas de terciopelo y aparatosos pañuelos. Los bailarines ocupan el centro de la amplia estancia y son observados por la muchedumbre que abarrota el Salón del Trono, escenario de eventos enjundiosos ofrecidos por los Borbones españoles.

El techo de la estancia representa un cielo moteado de estrellas de oro del que penden cuatro lámparas de araña cuya visión desde el suelo impresiona. Las paredes son de terciopelo encarnado y las bujías que sostienen funcionan a medio gas e iluminan tenuemente el rostro del simplón y aturdido Carlos IV, rey de España. A su lado se divisa a la libidinosa y desdentada María Luisa, su consorte reina de España, una tropa de infantes naturalmente idiotas como sus padres: don Carlos, don Francisco de Paula… y, cómo no, el futuro Fernando VII, príncipe majadero y rey sanguinario. Verlos a todos juntos ocupando el estrado del trono real causa la impresión de estar ante una plaga que se cierne sobre la nación.  La familia real preside el baile en honor de las Escuelas de Caminos y Minas y de las Reales Escuelas Pestalozzianas. Ambas instituciones acaban de licenciar una nutrida promoción de nuevos profesores. Casi todos ellos se hallan presentes en esta gala de fin de curso, la cual ha sido organizada en su homenaje.

Manuel Godoy, el Príncipe de la Paz, y todos sus ministros también asisten al baile. Están colocados en grupo a la derecha de la real familia. El ministro de Hacienda, al observar a todo el conjunto borbónico de reojo, es quien da a la luz esa imagen de la real comitiva como una nube de langostas estúpidas y dañinas que asolan al país. Un plaga bíblica, eso es lo que son, piensa el probo, ilustrado y críptico-revolucionario ministro de Hacienda. Este mismo personaje se detiene a contemplar el fresco de Tiépolo que se halla a la espalda de los miembros de la “epidemia reinante”, y que representan una alegoría de la monarquía y la fertilidad en España. El ministro republicano del gobierno monárquico piensa que si por él fuera encargaría al pintor de cámara, al triste de Zacarías Velázquez, una alegoría de la esterilidad y la esterilización de las casas reales europeas. Lo pondría en el salón de recibimientos del Palacio Nuevo de Madrid, detrás del trono, que se viese bien y que fuese entrando en las molleras. Convengo que la guillotina – sigue pensando el ilustre alto funcionario del reino-, es grotesca y bárbara, pero ¿y si consiguiésemos que todas las casas reinantes de Europa firmasen un documento en el que se comprometiesen a morir sin descendencia o que consintiesen en su castración? A cambio les dejaríamos morir en el trono, así evitaríamos las guerras y las reformas llegarían según sus buenos pasos, sin prisas pero sin paradas…

Pensamientos sin sentido, hijos del aburrimiento como este del ministro de Hacienda, predominan entre todos las autoridades que presiden el festejo de palacio. Miran distraídamente a los bailarines. Algunos parecen bobos y alucinados; otros muestran preocupación. Desde luego, a ninguno de ellos les importa el festejo. Tampoco les importa a Agustín de Betancourt, Fernando Lamaz, Juan López de Peñalver o Tomás de Veri, que a la izquierda del trono, enfrente de la tropa de Godoy, forman la avanzadilla de los muy excelentes e ilustres miembros del claustro de catedráticos profesores de la Escuela de Caminos y Minas. El honorable evento ha juntado en un mismo salón a los campeones del saber con los campeones del poder en España. Formando en la fila de las doce damas que bailan el minué en el centro del salón se halla Cruz del Álamo Viejo, esto es, mi madre. No está de más recordar que es el 19 de marzo de 1808; ahí está ella con dieciséis años recién cumplidos. También se halla presente en el baile mi abuelo, el conde de Cantespino, Federico del Álamo Viejo, quien endosa visiblemente incómodo una levita adornada de hojarasca dorada. Forma en primera fila del benemérito y sapientísimo corrillo de los soldados de las ciencias españolas en calidad de Ingeniero Catedrático de materias subterráneas de la mencionada Escuela de Ingenieros de Caminos y Minas. Mi abuelo mira embobado hacia la fila de danzantes donde se halla su hija Cruz, de la cual se siente infinitamente orgulloso. La joven ha sido galardonada como la estudiante más aplicada y brillante de la Real Escuela Pestalozziana del reino. Además, su hija le parece incomparablemente hermosa. Pensamiento que contradice al de un caballero, el conde de Torres Vegas, que mira a Cruz desde el otro extremo del salón. Desde hace un rato, su mirada se ha detenido en la joven y ha necesitado casi un minuto para clasificarla bien en el grupo de las señoritas que son hermosas, bien en el de las que no lo son. Aunque sus facciones guardan una regular simetría, – piensa el caballero- su boca es de trazo armonioso, su nariz justa y graciosa… Hay algo sin embargo que le resta poder seductivo. Es su rostro – determinada el conde de Torres Vegas-, irradia demasiada inteligencia. No es la primera vez que la joven Cruz causa una impresión semejante. Sus ojos suelen confundir y amedrentar a los varones, que al levantar la vista de las regulares y esbeltas formas femeninas de la muchacha topan con esa ventana a un espíritu que les intimida sin saber por qué. Sus ojos subyugan a los varones, pero en vez de suscitarle el natural impulso de querer frotar sus dieciochescos penes en la entrepierna de la dama, les desencadena un gesto de autoprotección, giran el cuello imperceptiblemente hacia atrás para ir luego a sembrar sus deseos varoniles en ojos menos difíciles de mirar. Cruz es además notablemente más alta que el resto de las damas presentes en el baile. Eso incrementa el efecto intimidador que suele producir. La joven mueve sin gracia y con fastidio. Es su primer baile. Esta vez no ha podido encontrar excusa para no asistir a estas ceremonias de palacio que tanto aborrece. Su pareja de minué, un joven aristócrata con ojos lentos y demasiado grandes, acerca su rostro al de mi madre para susurrarle un inocente y pazguato cumplido al que ella contesta:

-¡Oh gracias, caballero! Usted también me agrada. Tiene una bellísima cara de coprófago.

-Disculpe, señorita, ¿cara de qué?

-De coprófago, el dios griego-latino de las jofainas y las palanganas del excusado. ¿Sabe? Hay una estatua deliciosa de él en los jardines de la Granja de San Ildefonso.

-Ah… Vaya, gracias, señorita, es usted muy amable.

El pene de este caballero también queda disuadido y se arruga en su pantalón rococó. Solo mi abuelo, don Pedro del Álamo Viejo, conde de Cantespino y algunos de sus colegas, como Juan de López de Peñalver o Agustín de Betancourt, miran con abierta simpatía a Cruz. Todos estos caballeros encuentran sumamente agradables los ojos galvánicos de la joven. Lo que en los lujuriosos caballeros espanta, a ellos les llena de entusiasmo. La han visto nacer y luego crecer, pero no dejan de asombrarse de las muestras de ingenio e inteligencia que hace la joven Cruz.  A todos estos hombres admiradores de la hija del bueno de Federico les une el afecto fruto de una estrecha y antigua amistad. Se conocen desde décadas atrás cuando eran estudiantes en los Colegios de San Isidro y la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí coincidieron por primera vez en 1779 mi abuelo y el célebre Agustín de Betancourt. Ellos dos, junto a otros esclarecidos jóvenes, formaron la avanzadilla de la prolífica camada de pensionados españoles en la Ëcole des Ponts es Chausses en París durante la década de 1780. Antes de que saltasen por los aires las mejores pelucas de París, en aquellos tremebundos años de la revolución de la revoluciones, el brillante grupo de flamantes ingenieros había ya regresado a la patria y se había integrado en las distintas instituciones científicas que había crecido al calor de la exigua Ilustración española. Lo cierto es que todos ellos habían sacado buen provecho de los esfuerzos financieros tanto del gran rey Carlos III como más tarde de su deslucido hijo y heredero Carlos IV y buena parte de estos hombres se contaban entre los más respetados y admirados ingenieros e inventores de máquinas de Europa. Y no hay que olvidar que estamos en la época dorada de los inventores de las máquinas.

Destaca el archirreconocido Agustín de Betancourt, el primero en replicar y llevar a la Europa continental la máquina de vapor de los ingleses. De su caletre iluminado han salido aparatos fantásticos y las prensas de París distribuyen como si no hubiera un mañana, y cual si fuese una existosa novela de amores o aventuras, un tratado suyo de mecánica. Mi abuelo ha colaborado no poco en su redacción y pasan horas discutiendo sobre la posibilidad de poder encerrar en una lista todos los movimientos, desde los de la última bacteria hasta el de las placas tectónicas del océano Pacífico. Todo eso se lo quieren robar a la naturaleza para convertirlo en artilugios. Este grupo de ingenieros entusiastas lleva décadas sembrando España de gabinetes de historia natural, observatorios astronómicos y laboratorios de física. Su obra cumbre, aquella de la que no pasa un día sin que se enorgullezcan privada e íntimamente, es el Real Gabinete de Máquinas. El principal del viejo caserón del Buen Retiro desde hace años ha sido convertido en un aquelarre de artilugios enormes y pequeños; un revoltijo de máquinas inverosímiles, prototipos de las de vapor que revolucionan la industria inglesa, martinetes, grúas, bombas, molinos, esclusas, faros, telégrafos, globos aerostáticos. Todo ingenio aplicable a la industria que ha sido inventado en los últimos tiempos en Europa ha sido secuestrado por estos ingenieros, que viajan incansablemente por el continente en busca de la postrer maravilla engendrada por su siglo de luces. Y en maravilla del mundo se ha convertido este Real Gabinete de Máquinas, sin parangón en corte alguna, orgullo de Godoy y de la Ilustración española. Ahí se ha criado mi madre. Entre pistones, bielas y cigüeñales ha pasado más horas desde que nació que en su propia casa. Cuando la joven Cruz tenía tres años comprendía a la perfección las diferencias entre un movimiento rectilíneo alternativo y uno circular uniforme. Con cuatro años era capaz de armar una manivela que transformase un movimiento en el otro y viceversa. Agustín de Betancourt discutía con la prodigiosa hija del bueno de Federico cuando esta tenía seis años sobre dinámicas y cilindros. Con siete años, a decir del propio Agustín de Bentancourt, mi madre podría haber aprobado cada una de las asignaturas que mi abuelo impartía en las escuelas de ciencias madrileñas. Cruz era el asombro de las veladas poéticas de la Sociedad Matritense de Amigos del País. Se la conocía como la “Pequeña Atenea” y participaba en lecturas dramatizadas, justas poéticas y en las interminables discusiones sobre cualquier pendencia dialéctica que aireaban las pelucas más célebres de la nación. En suma, la niña de los ojos de los manchegos atenienses de la Mancha de Pericles era todavía, estamos en el 19 de marzo de 1808, el orgullo, suma y cifra de la utopía pedagógica del círculo ilustrado español de la corte borbónica de Madrid.