Histórica

Un banquete por el maestro Pestalozzi

En el salón del trono del palacio de Aranjuez suena una música cadenciosa que pretende ser bella y delicada y que sin embargo a la mayor parte de la concurrencia está resultándole monótona y empalagosa. Sirve para bailar el minué. Doce damas vestidas de blanco, todas ellas sobrecargadas de encajes y lazos, se oponen a doce varones con levitas de terciopelo y aparatosos pañuelos. Los bailarines ocupan el centro de la amplia estancia y son observados por la muchedumbre que abarrota el salón del trono. El techo de la estancia representa un cielo moteado de estrellas de oro del que penden cuatro lámparas de araña cuya visión desde el suelo impresiona: un asistente, desentendido del baile y los bailarines, mira absorto al techo y las compara con luminosas e inquietantes crisálidas de no sé sabe qué engendros monárquicos invertebrados. En el baile de celebración de la dinastía española borbónica hay mucho infieles republicanos convertidos a la nueva fe nacida en París. Las paredes son de terciopelo encarnado y las bujías que sostenienen funcionan a medio gas e iluminan tenuemente el rostro del simplón y aturdido Carlos IV, Rey de España. la libidinosa y desdentada María Luisa su consorte Reina de España, una tropa de infantes naturalmente idiotas como sus padres: don Carlos, don Francisco de Paula… y, cómo no, el futuro Fernando VII, príncipe majadero y rey sanguinario. Verlos a todos juntos ocupando el estrado del trono real causa la impresión de estar ante una plaga que se cierne sobre la nación.  La familia real preside el baile en honor de las Escuelas de Caminos y Minas, y de las Reales Escuelas Pestozzolionas. Ambas instituciones acaban de licenciar una nutrida promoción de nuevos profesores. Casi todos ellos se hallan presentes en la gala, que3 se les brinda antes de que se desperdiguen sus conocimientos por toda la nación. Manuel Godoy, príncipe de la Paz, y todos sus ministros también asisten al baile. Están colocados en grupo a la derecha de la Real familia. El de Estado es , y el de Hacienda es desde 1805, X, que al observar a todo el conjunto borbónico de reojo es quien da a la luz esa imagen de la real comitiva como una nube de langostas estúpidas y dañinas que asolan al país. Un plaga bíblica, eso es lo que son, piensa el venerable don XXX. El mismo ministro se detiene a contemplar el fresco de Tiépolo que se halla a la espalda de los miembros de la “epidemia reinante”, y que representan una alegoría de la monarquía y la fertilidad en España. Y el ministro republicano del gobierno monárquico piensa que si fuera por él encargaría al pintor de cámara, al triste de Zacarías Velázquez, una alegoría de la esterilidad y la esterilización de las casas reales europeas. Lo pondría en el salón de recibimientos del Palacio NUEVO DE MADRID, detrás del trono, que se viese bien y que fuese entrando en las molleras. Convengo que la guillotina – sigue pensando el ilustre alto funcionario del reino-, es grotesca y bárbara, pero ¿y si consiguiésemos que todas las casas reinantes de Europa firmasen un documento en el que se comprometiesen a morir sin descendencia o que consintiesen en su castración? A cambio les dejaríamos morir en el trono, así evitaríamos las guerras y las reformas llegarían según sus buenos pasos, sin prisas pero sin paradas… Pensamientos sin sentido, hijos del aburrimiento como este del ministro de Estado, predominan entre todos las autoridades que presiden el festejo de palacio. Miran distraidamente A LOS BAILARINES. Algunos parecen bobos y alucinados. Otros muestran preocupación. Desde luego, a ninguno de ellos les importa el baile. Tampoco les importa a Agustín de Betancourt, Fernando Lamaz, Juan López de Peñalver o Tomás de Veri, que a la izquierda del trono, enfrente de la tropa de Godoy, forman la avanzadilla de los muy excelentes e ilustres claustro de catedráticos profesores de la Escuela de Caminos y Minas de España. La celebración de la segunda promoción de Ingenieros licenciados es el motivo que convoca el baile. El honorable evento ha juntado en un mismo salón a los campeones del saber de España con los campeones del poder. (DECIR LA FCHA ANTES) Es 19 de marzo de 1808. Formando en la fila de las doce damas que bailan el minué en el centro del salón se halla Cruz del Álamo Viejo, esto es, mi madre. Ahí está con dieciséis años recién cumplidos. También se halla presente en el baile mi abuelo, el conde de Cantespino, Federico del Álamo Viejo, quien endosa visiblemente incómodo una levita adornada de hojarasca dorada. Forma en primera fila del benémerito y sapientísimo corrillo de los soldados de las ciencias españolas en calidad de Ingeniero Catedrático de materias subterráneas de la mencionada Escuela de Ingenieros de Caminos y Minas. Mira embobado hacia la fila de danzantes donde se halla su hija Cruz, de la cual se siente infinitamente orgulloso. La joven ha sido galardonada como la estudiante más aplicada y brillante de la Real Escuela Pestozzoliana del Reino. Además, su hija le parece incomparablemente hermosa. Pensamiento que contradice al de un caballero, el conde de Torres Vegas, que mira a Cruz desde el otro extremo del salón. Su mirada se ha detenido en la joven y ha necesitado casi un minuto para clasificarla o bien en el grupo de las señoritas que son hermosas o en el de las que no lo son. Aunque sus facciones guardan una regular simetría, – piensa el caballero- su boca es de trazo armonioso, su nariz justa y graciosa… hay algo que le resta poder seductivo. Es su rostro – determinada el conde de Torres Vegas-, irradia demasiada inteligencia. No es la primera vez que la joven Cruz causa una impresión semejante. Sus ojos suelen confundir y amedrentar a los varones, que al levantar la vista de las regulares y esbeltas formas femeninas de la muchacha de dieciséis años topan con esa ventana a un espíritu que les intimida sin saber por qué. Sus ojos subyugan a los varones, pero en vez de suscitarle el natural impulso de querer frotar sus dieciochescos penes en la entrepierna de la dama, les desencadena un gesto de autoprotección, giran el cuello imperceptiblemente hacia atrás. Y luego saltan pues a sembrar sus deseos varoniles a ojos menos difíciles de mirar. Cruz es además notablemente más alta que el resto de las damas presentes en el baile. Eso incrementa el efecto intimidador que suele producir. La joven de dieciséis años se mueve sin gracia y con fastidio. Es su primer baile. Esta vez no ha podido encontrar excusa para asistir a estas ceremonias de Palacio que aborrece. Su pareja de baile, un joven aristócrata, acerca su rostro al de mi madre para susurrarle un inocente y pazguato cumplido al que ella contesta: “¡Oh gracias caballero! Usted también me agrada. Tiene una bellísima cara de coprófago”. “Disculpe… ¿cara de qué? Señorita”. “¡Oh de caprófago! El dios griego-latino de las jofainas y las palanganas del excusado. ¿Sabe? Hay una estatua deliciosa de él en los jardines de la Granja de San Ildelfonso”. “Ah… Vaya, gracias, señorita, es usted muy amable”. El pene de este caballero también queda disuadido y se arruga en su pantalón rococó. Solo mi abuelo, don Pedro del Álamo Viejo, conde de Cantespino y algunos de sus colegas, como Juan de Lopez de Peñalver o Agustín de Betancourt, miran con abierta simpatía a Cruz. Todos estos caballeros encuentran sumamente agradables los enormes ojos galvánicos de la joven. La han visto nacer y luego crecer. Lo que en los lujuriosos caballeros espanta, a ellos les llena de entusiasmo. No dejan de asombrarse de las muestras de ingenio e inteligencia que hace la joven Cruz.  A todos ellos les une una estrecha y antigua amistad y afecto. Se conocen desde décadas atrás cuando eran estudiantes en los Colegios de San Isidro y la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí coincidieron por primera vez en 1779 mi abuelo y el célebre Agustín de Betancourt. Estos dos juntos a otros como XXXX formron la avanzadilla y prolifioca camada de penssionados españoles en la Ëcole des Ponts es Chausses en París. La camada de jóvenes sacó buen provecho de los esfuerzos de financiación hechos primero por Carlos III y luego por Carlos IV. Algunos se cuentan entre los más respetados y admirados ingenieros e inventores de máquinas de Europa. Y no hay que olvidar que estamos en la época dorada de los inventores de las máquinas. Destaca el archioreconocido Agustín de Betancourt, que en el año de 1808 ya es responsable de algunos hitos como el de haber sido el primero en llevar a la Europa continental la máquina de vapor de los ingleses. De su caletre iluminado han salido aparatos fantásticos, y las prensas de Paris distribuyen cual si fuese una existosa novela su tratado sobre la mecánica. Mi abuelo ha colaborado no poco en su redacción y pasan horas discutiendo sobre la posibilidad de poder encerrar en una lista todos los movimientos que caben hacerse, desde los del ultimo bicho a la bacteria y al de las placas tectonicas. Todo eso se lo quieren robar a la naturaleza para convertirlo en artilugios. Ambos comparten esta pasión. Este grupo de ingenieros entusiastas llevan décadas sembrando España de gabinetes de historia natural, observatorios astronómicos y laboratorios de física. Pero su obra cumbre de la que más se enorgullecen es el Real Gabinete de Máquinas. El principal del viejo caserón del Buen Retiro lleva años convertido en un aquelarre de artilugios enormes y pequeños; un revoltijo de máquinas inverosímiles, prototipos de las de vapor que revolucionan la industria inglesa, martinetes, grúas, bombas, molinos, esclusas, faros, telégrafos, globos aerostáticos; todo ingenio aplicable a la industria que ha sido inventado en los últimos tiempos en Europa ha sido secuestrado por estos ingenieros como mi abuelo que viajan incansablemente por el conteniente en busca de la última maravilla. Y la maravilla del mundo se ha convertido este Real Gabinete de Máquinas, sin paragón en Corte alguna, orgullo de Godoy y de la Ilustración española. Ahí se ha criado mi madre. Ahí, entre pistones, bielas y cigueñales, ha pasado más horas desde que nació que en su propia casa. Cuando la joven Cruz tenía tres años comprendía a la perfección las diferencias entre un movimiento rectilíneo alternativo y uno circular uniforme. Con cuatro años era capaz de armar una manivela que transformase un movimiento en el otro y viceversa. Agustín de Betancourt discutía con la prodigiosa hija del bueno de Federico cuando esta tenia seis años sobre dinámicas y cilindros. Con siete años, a decir, del propio Agustín de Bentancourt y mi abuelo podría haber aprobado buena parte de las asignaturas que su padre impartía en las distintas escuelas de ciencias madrileñas. Cruz era el asombro de las veladas poéticas de la Sociedad Matritense de Amigos del País, era conocida como la “Pequeña Atenea” y participaba en lecturas dramatizadas, justas poéticas y en las interminables discusiones sobre cualquier pendencia dialéctica que aireaban las pelucas más célebres de la nación. Y la niña de los ojos de los manchegos atenienses de la Mancha de Pericles era además la alumna más brillante de las Real Escuela Pestozzoliana, orgullo, suma y cifra de la Utopía pedagógioca del círculo ilustrado español de la corte de Madrid. La dicha escuela vino precisamente a abrir sus puertas provisionales en uno de los sótanos del Palacio del Buen Retiro donde se albergaba el Real Gabinete de Máquinas. Y la joven Cruz no tuvo más que cambiar, a partir de 1800, fecha redonda de apertura, del principal donde correteaba entre las máquinas y los despachos del abuelo a las escaleras que conducían. La Real Escuela Pestozzioliana nació de un sueño de Godoy. Cabe imaginarselo saltando sudoroso de la cama en medio de la noche. Está excitadísimo. Con las sábanas de Holanda cubre como puede su cuerpo desnudo. La erección que trae de las tierras de Morfeo choca contra el cristal de la ventana del Palacio de Buenavista. Observa allá a lo lejos a la estatua de la Cibeles. A esas horas es la única madrileña que está despierta. Y Godoy recita en voz alta unas sabias palabras de Leibniz que se convierten en vaho al tocar cristal: “Dadme un pueblo con una misma lengua bien perfeccionada, en que se hallare convenido exactamente el valor de las palabras, en los que no quedare inteligencia alguna ambigua, donde los signos ni puedan confundirse unos con otros: este pueblo será el más justo y el más sabio de la tierra”. Godoy ha tenido la visión del pueblo español como el más sabio y justo de la tierra. Y todo será gracias al plan que ha concebido. Al plan que le ha desvelado en medio de una noche frío de febrero en su Palacio de Buenavista. Desde el último labrador de la Costa da Morte hasta el farero del Cabo de Gata, arrieros romos como encimas de Soria y cabestros como los pedreros de Guipúzcoa, mozos de cuerda de Gerona o carpinteros de Murcia y pescadores de Gandía, todos sus hijos, ellos mismos también, todos a los que Dios ponga en la tierra por nacimiento y se llamen españoles han de ir a las escuelas que abriré por todo el país. No quedará un solo súbdito sin recibir la luz del conocimiento y la ciencia. Un nación de hombres educados en la práctica y el gozo de las virtudes naturales, civiles y políticas. Godoy está cada vez más exictado. Le invade un benéfico calor. Es el calor que solo sienten y comprenden aquellos que en sus manos tienen el poder de cambiar la Historia. Godoy imagina a un joven que ordeña una vaca marrón en una quinta de Carabanchel. Sentado en el taburete aplica la mirada limpia, derecha y clara adquierida en la escuela que ha abiertoi Godoy al acto de apretar, desapretar tetas, y dirigir el chorro de leche al barreño de estaño. Lo que hace es bueno, recto, justo y útil, piensa el joven vaquero. El joven granjero de la mente de Godoy se accaba de levantar del tabureta, la alza con la mano y comienza a pensar en la fábula de Iriarte en la que una vaca y un loro..

¿Cómo convertir al animal hispano comido por siglos de supersticiones y supercherías católicas y paganas?, ¿cómo hacer una nación de hombres de espíritu recto, libre, crítico y científico? Esta pregunta que se hace Godoy va a tardar en ser contestada. Llevará su tiempo. Y mi abuelo, Federico del Álamo Viejo, conde de Cantespino, será parte de una expedición que viaje y viaje hasta dar con