Erótica

El día más pecaminoso de mi vida

A las 10:01 de la mañana de este 23 de octubre, el Museo del Prado está prácticamente vacío. Charles Huffington avanza por el pasillo de la sala principal al amparo de una amplia bóveda semicircular acristalada. El solitario caminante ignora los cuadros que hay en las paredes y no detiene su paso ni desvía su mirada del fondo del pasillo, donde atisba unas escaleras que parecen de piedra. Consigue no mirar hacia ninguno de los cuadros. No le está resultando sencillo seguir el plan que se ha trazado escrupulosamente para su primer día de visita a este Museo del Prado. Desde que Luciana, su mujer, le comunicó que quería visitar Madrid hace poco menos de un año, este pintor australiano, un perfecto desconocido en Europa aunque es probablemente el paisajista más prestigioso de su país, comenzó a fijar una estricta agenda de visitas. Se dormía por las noches estableciendo los itinerarios de cada jornada. Pensaba que para quedar medianamente satisfecho debería gozar de al menos de diez visitas completas de diez horas cada una; si luego disponía de más tiempo, mejor que mejor. Quiere embeberse de todo el Greco, de Murillo, de Velázquez, de Goya, en fin, de los españoles; también de todos los flamencos y al menos de dos tercios de los italianos: ¡Tiziano y Tintoretto!

En esta jornada de visita, perfectamente medida y pensada, va a detenerse en diecisiete cuadros: cuatro de Tiziano, tres de Tintoretto, uno del Veronés, Carracci, Guido Reni, el Guercino, Francesco Furini y otro de Mattia Pretti. Y, por supuesto, Rubens, al menos, cuatro. Hoy es la visita que había planeado hacer necesariamente en solitario, sin Luciana, pues se propone contemplar en exclusiva a mujeres sin ropa. Esto va a ser más difícil de lo que pensaba. Divisa al Greco, que queda fuera del programa previsto para esta incursión solitaria, pero ¿cómo no pararse ante este genio cuyas figuras gastan unos colores pardos tan similares a los gumtrees de Victoria? ¡Oh! ¡Admiten que los pintores traigan sus propios caballetes! No lo sabía, él quizá también puede hacerlo. ¡Si le dejasen! ¡Cuántas horas se le irían al limbo copiando las tonalidades de los sacerdotes supremos del color! Esto trastoca sus planes: puede que no tenga tiempo para ver todo lo que debe ver y además copiar: ¿cuántos meses necesitaría?

Atraviesa pasillos vacíos siguiendo el mapa que ha comprado en la entrada. Se detiene, ¡oh! ¡Las ninfas después del baño de Jacob Jordanes! Ni siquiera sabía que estuviese en el Prado, ¿en qué jornada encajarla?, ¿en sacrificio de qué otro cuadro o pintor? Charles se ha parado ante él y casi le duele físicamente separarse y seguir camino. Lo consigue, pues conjura su disciplina de niño educado en la escuela irlandesa de Carlton, donde los padres agustinos enseñaban a sus pupilos a negarse a sí mismo los placeres. Por ejemplo, para cimentar la capacidad de control y gobierno sobre sus impulsos y deseos, los maestros recortaban arbitrariamente los tiempos de asueto en el patio, de modo que justo en el momento en el que creían percibir que los niños más disfrutaban de un juego lo suspendían abruptamente con el toque de un silbato. Los castigos por no detener la actividad en ese mismo instante para formar filas con las que reingresar en el recinto escolar iban desde copiar doscientas, quinientas o mil veces en letra diminuta frases autoflagelantes como: “Desobedecer a los padres agustinos es pecado grave” hasta padecer la privación de los recreos durante meses enteros. Charles nunca hubo de ser reprendido por infringir estas reglas draconianas impuestas por aquellos sádicos padres agustinos, por lo que al caminar por la nave central del Prado la mirada suplicante de un fraile que respira y emite gemidos místicos que casi puede oír, pintado seguramente por el maestro Murillo, no doblega el rumbo firme del australiano, que sigue con la vista obsesivamente puesta en el fondo del recinto y casi ya toca con sus suelas la escalera pétrea. Ojos que no ven, corazón que no siente, solía repetir el padre McNamara para aleccionarles en su camino de perfección.

Sube las escaleras de dos en dos hacia la estancias de los italianos, el cuadro está allí, lo identifica al instante al ingresar en la sala: Venus, el Amor y la Música de Tiziano. Primera parada reglamentada. Todo ser humano esconde una secreta perversión y Charles no es ajeno a este regla inquebrantable ante la que nada puede ni siquiera la férrea y marcial disciplina de la educación agustina. Siente una predilección, trocada en deseo gigante, morboso e inconsolable debido a su privación desde siempre, por las mujeres carnosas, voluminosas, rebosantes de pliegues blancos, con senos como cataratas blancas de espuma en las que acercar la boca y saciar la sed. ¡Y Charles lleva sediento desde siempre! No ha conocido a otra mujer que Luciana. El rostro de ella es digno del secreto de los pinceles de Boticelli, sin embargo, qué delgada es, que dos senos diminutos y como ausentes, recién nacidos, perezosos, incomparecientes, que solo se asoman y no dicen casi ni hola. Charles comprueba que no hay nadie alrededor y entonces se abandona a la contemplación de la primorosa Venus. No contiene ni una solo línea recta, todo son curvas de carne, hasta el triángulo se comba, pater deus, que veladura apenas gris recrea el pubis, Tiziano maldito. Solo cuando vio a Luciana desnuda en su noche de bodas por primera vez sintió estar delante de semejante prodigio. Esta vez debe reconocerse que el placer es incluso mayor; lo es, de hecho, en un grado sorprendentemente aumentado. El pintor mira a Venus a discreción y ella mira hacia otro lado displicente, ajena al cúmulo de cosas y seres naturalmente inferiores que la circundan en el lienzo. Ni siquiera parece prestar atención al amorcillo rechoncho que emerge detrás de su espalda y que casi toca con sus manecillas el seno más majestuoso y fresco jamás visto por este australiano. Charles goza de la impunidad que le otorga el hecho de que la epifanía anatómica no le devuelva la mirada. Soba el óleo con los ojos, lame los pies de Venus con su pupila azul. No sé sabe cómo es posible, pero este hombre está teniendo una erección en las cuencas oculares que, inevitablemente, se replica más abajo: si alguien entrase ahora en la sala y le contemplase pensaría que lleva un gran pincel o un puro o un hisopo o en todo caso un algo punzante o enhiesto escondido en el pantalón y que está apuntando a la obra maestra del maestro Tiziano. Este fue el pintor más solicitado de las cortes reales europeas del siglo XVI precisamente por su incomparable capacidad de plasmar diosas en los lienzos con su formidable e hiperactivo pincel.

Charles se rogodea en su pecado, el único que tiene, reconoce y se permite, al menos aquí, en este recinto sagrado, y ahora, este raro día de octubre en España. Ha decidido que no va a escuchar recriminación alguna de su conciencia, los remordimientos que llegan desde su infancia en forma de hábito agustino son también impotentes aquí y ahora. Me gustan las mujeres gordas, las adoro, no hay nada en la creación que posea la mitad de poder sobre mis sentidos que las formas femeninas holgadas de carnes. ¡Qué delgada es Luciana! Charles siente lástima de sí mismo y también del organista renacentista que se gira para observar a Venus y parece hipnotizado por su vagina, que se diría que ha echado un sortilegio al músico. ¿Qué pretendía Tiziano dándole al músico esa nariz tan larga que parece una máquina para inhalar aromas? ¡Qué bastardo cruel italiano que crea una figura humana ficticia para recordar a los humanos de carne y hueso que jamás tendrán el placer de olisquear la única concha divina de la diosa del amor! Charles trata de recrear ese olor que no es de este mundo violentando todos sus sentidos. Mientras se esfuerza, pues no es un ejercicio sencillo, alza unos centímetros la vista por el cuadro y tras media hora contemplándolo se da cuenta de que al fondo del mismo, sobre las siluetas del músico, Venus y el amorcillo, hay dos hileras de árboles. Qué bien pintados están los abedules, piensa el mejor pintor vivo de paisajes arbóreos australianos. A continuación, se dice a sí mismo que ciertamente podría pasarse el día entero ante esta pintura, pero eso sería renunciar a La Bacanal, a Dafne recibiendo la lluvia de oro, a Venus y Adonis también de Tiziano, además de a los tres Tintorettos imprescindibles, las Venus y Adonis del Veronés y Carracci, los cuadros imposibles de perderse de Guercino, Pretti y Furini, que en realidad no son más que aperitivos del clímax final, de lo que va a ser su ascensión al Jardín de las Gordas Deliciosas, al Edén; pues como confirman los mayores pintores de la Historia que alberga este museo no hay una sola Eva aquí, y hay muchas, las de Durero o Tiziano que pueda equipararse a la del campeón Rubens, cuya obra ha reservado para visitar en último lugar. Lo cierto no obstante es que todas ellas prodigan carne undosa, como leche hirviendo, invitadora al mordisco inofensivo y obstinado, al paseo en círculos obsesivos de la lengua desbocada, prolongado en el tiempo y húmedo, gastarse los dientes y la saliva en esos mapas femeninos como mares espumosos encabritados, tocarlo todo, estrujarlo todo hasta la saciedad porque hay mucho donde llenarse las manos de manteca rolliza, de grasa báquica femenil, hundirse de lleno en ese estanque en forma de mujer colmado de tocino de cielo. Amo lo orondo sin remisión, ese sebo hinchado por mi deseo varonil me lleva a colores que no existen.

Luego Charles recorre otros pasillos que le conducen a otra estación obligada donde degusta y deglute las pinturas sicalípticas de maestros italianos aparentemente de segunda fila que a él sin embargo le parecen injustamente relegados. ¿Quién ha pintado una Susana en el baño mejor que la del Guercino? Dedica veinte minutos a la observación del mollete de gordura ovalada y esponjosa, y extremadamente blanca, que rellena la cadera izquierda para crear un montecillo que se eleva a partir de la nalga y el muslo y luego desciende a un pliego desde el que levita la carne hasta formar una barriga gloriosa. Sabía que ocurriría esto con el Guercino: la página de su catálogo del Museo del Prado que contiene la lámina de esta insuperable Susana, le ha proporcionado horas de placer en su estudio de Melbourne, es de las que más veces ha frecuentado, las esquinas están dobladas, impregnadas de sus dedos, y el mamotreto al tomarlo casi se abre solo al azar por esa reproducción. Se debe sosegar, aún ni siquiera ha llegado al colofón de este festín pecaminoso que se está permitiendo. La última degustación le va a llevar a Rubens.

Rubens no es el pintor al que Charles reconoce más talento y mejor uso de la paleta, pero sí al que más admira como artista en su totalidad; y ello por la capacidad que tuvo de llevar la vida de artista canónico que él quiere para sí. También es al maestro a quien más envidia por un motivo muy concreto: Helena Fourment. Rubens combinó la genialidad de un gran pintor con la habilidad y discreción de un político. Se relacionó con lo mejor de la sociedad europea de su época, ya que ejerció como diplomático y fue solicitado en todas las cortes importantes del continente. Al parecer, poseía un carácter afable y su semblante era distinguido. Tuvo dos matrimonios sumamente armoniosos. Tras fallecer su primera esposa, cuando él ya frisaba los cincuenta, decidió casarse otra vez porque, como confesaba a un amigo por carta, “no deseo llevar la vida mortificada de un célibe, sino gozar de los placeres legítimos, dando gracias a Dios. He tomado una esposa joven, de clase media, ya que no deseaba un matrimonio con una dama noble, pues no soporto el vicio del orgullo, inherente a las mujeres de elevado rango”. Las Tres Gracias de Rubens, uno de sus cuadros más afamados, está compuesto de tres mujeres jóvenes, orondas, que forman un círculo, todas están desnudas, se toman de los brazos, se miran cómplices, se divierten. Las tres se asemejan, aunque una es rubia, otra castaña y otra tirando a morena. Charles ve triplicados el rostro, las carnes generosas, los senos inagotables para chupar y magrear de Helena Fourment. El pintor flamenco pintó este cuadro para su colección privada, no pudo sino expresar mediante su arte el inmenso gozo que vivía, la renovada acción de gracias diaria a la vida por haberle deparado ese cuerpo rotundamente esférico y abundante de montecillos abombados como cojines de seda de damasco vivos. Por eso, Helena Fourment aparece desnuda en todas sus pinturas; si esta mujer regresase a la vida desde su siglo XVII y pasease por esta sala donde está ahora Charles pensaría que todo lo que cuelga de las paredes son espejos. La tierna esposa de Rubens es una ninfa junto a la diosa Diana, es la diosa Venus en el juicio de Paris, es una joven que es raptada por sátiros en un bosque y también es Deidamia ultrajada.

Sí, el pintor australiano envidia a Rubens, sabio que se dio tal esposa a los cincuenta años. Cuantos gozos gozó el bribón, cuantos cielos infinitos cada día debajo de sus sábanas hasta casi la misma muerte. Piensa entonces en la salud quebradiza de su amada y primera esposa Luciana. Suspira. Ruega por su salud, pero en este día de licencias inusitadas, su día más licencioso y pecaminoso sobre la tierra, se permite pensar que en el caso de que algún día su mujer le faltara tendría todo el derecho a perseguir la felicidad casándose en segundas nupcias con una chica gorda, joven y virgen muy parecida a Helena Fourment. Su mente vuela a casa, recrea niñas, jóvenes en flor que dentro de unos años tendrán diecisiete y estarán casaderas y a la sazón. Ve con claridad a Lara Fergusson, hija de su colega en la Real Academia de las Artes de Australia, nunca antes la había pensado con las intenciones que ahora le nacen espontáneas y colmadas de promesas paradisíacas, sin embargo, ese deseo siempre ha estado allí y ahora lo sabe. Suspira nuevamente y alza la vista hacia la bóveda acristalada, que ahora aparece apagada, el sol ya se ha puesto y ha caído la oscuridad sobre el Museo del Prado. ¿Qué hora será? Un hombre uniformado está gritando a las apenas diez personas que quedan en la larga sala de los Rubens y de otros flamencos que Charles no ha tenido tiempo de meterse en los ojos, que se hallan saturados de mujeres desnudas. El australiano no puede entender qué dice este señor, pues en español no sabe ni los números. Está diciendo que en diez minutos se cierra el museo, pues son casi las nueve de la noche, hora de cierre. Lo comprende cuando ve al conserje apremiar con gestos a los visitantes y a él mismo. Sí, efectivamente, nos echan de las salas. Cuando pisa de nuevo la calle piensa todavía en la joven hija de su colega australiano.  Divisa la estatua del maestro Francisco de Goya, y se dice perplejo que ha estado un día entero en el Prado y no ha visto ni uno de sus cuadros, ni siquiera a la maja desnuda, aunque recuerda que quedó excluida de su itinerario solitario por no ajustarse al canon de corpulencia que sí cumplían muchas otras damas vecinas. Este ha sido uno de los días más plenos de mi existencia como artista y hombre. Luego se dice: es ya de noche y había quedado con Luciana para almorzar hace más de seis horas. Charles se siente repentinamente muy mal. Se declara incapaz de buscar una excusa exculpatoria y por lo tanto se resigna a soportar los reproches bien merecidos que sin duda van a caer sobre él. Cruza la calle, qué hermosa es la visión de la estatua de Neptuno con el Hotel Palace al fondo, y al otro lado ese caserón neoclásico que hace de Academia de la Lengua, y la Iglesia de los Jerónimos, que parece un corrillo de cadáveres de frailes capuchinos puestos en pie, putrefactos pero al mismo tiempo lozanos. El conjunto, con los árboles detrás de el Parque del Retiro y las magníficas hileras de imponentes chopos del Paseo del Prado, habla de la capacidad humana para domeñar poéticamente el espacio, de mejorar a la naturaleza, copiando de ella y añadiendo lo que a esta no se le ocurrió, unidas ambas en el trabajo solidario de hacerlo todo bello, armonioso, piedra respirante, vida ornamental, en suma, coreografía de una civilización optimista y satisfecha de sí misma. Charles no puede evitar que parte de su espíritu se regocije mientras otra está preocupada por la reprimenda y se siente culpable por el egoísmo al que se ha entregado sin reservas. Pregunta en la recepción si su mujer le ha dejado una nota. Le informan de que en realidad le ha dejado dos.