Policíaca y de misterio

22 Asesinatos Machistas

22 asesinatos machistas (relato)

¿Quién mató a Valentina? La publicidad, la pornografía, el patriarcado, la sumisión secular de la mujer al hombre, cuatro civilizaciones seguidas más una noche de los tiempos de varios decenas de miles de años de comunidades humanas que cazaban mamuts a lanza y arrastraban mujeres por la cabellera. El caso fue resuelto el mismo día del crimen por las redes sociales y los medios de comunicación: Valentina era la víctima número veintidós de mujeres asesinadas en España por violencia machista del año 2022. Un tuit llamó mi atención por su querencia cabalística: la víctima número veintidós del año, había sido asesinada justo a las 22:22 minutos de la noche del viernes 22, en su domicilio, sito en la calle madrileña de Menéndez Pelayo 8, nombre cuyo número de letras sumado al de la calle arrojaba la redundante cifra. Incluso el sumatorio su nombre completo, Valentina Zafra García, se obstinaba en devolver el veintidós, que por supuesto también era el número de años de la chica cuando fue degollada en su casa. El tuitero encadenaba una ristra de datos aún más amplia que invariablemente coincidían con el omnipresente veintidós, número de evocaciones vagas para el común de la gente pero de especiales resonancias para los aficionados a lo esotérico, la quiromancia y otras tan denostadas ciencias antiguas. El autor de esos tuits no inculpaba a nadie, sino que su intención era poner de relieve algo con lo que había tropezado por el simple hecho de que ese era su hobby: descubrir coincidencias matemáticas. Pero debido a mi afición a hacer las cosas bien lo maté. Nadie hizo cábalas sobre el asesinato de este individuo a pesar de que a él también le apuñalé a las 22:22.


En cambio, sobre Valentina sí se escribió y habló mucho en los medios durante unos cuantos días; aunque quedé muy decepcionado una vez más por la calidad de la literatura que generó. Cuanto se contaba no era más que una desesperante perífrasis del escueto atestado policial que unos agentes incompetentes habían redactado a toda prisa una hora después de haber sido descubierto el cadáver de Valentina. Luego, un periodista anónimo de la Agencia EFE había convertido el torpe y burocrático lenguaje de aquel texto en una basura de artículo lleno de tópicos y lugares comunes sobre la violencia de género. A continuación, casi otros cien periodistas, cambiando pocas palabras, reprodujeron en sus webs aquel relato inexacto y vulgar en alrededor de 200 páginas de noticias de Internet. Las ediciones impresas de los medios más difundidos del país, al día siguiente, hicieron algo parecido, de modo que fijaron y extendieron la “verdad” e indubitable adecuación del asesinato al patrón del machismo ordinario y antipoético imperante. Aunque añadieron otra bazofia: entrevistas a los vecinos, a presidentas de asociaciones feministas, a ministros y numerosos políticos, terminando con la llamada a un acto de rechazo público para acabar con esta lacra social. “Ni una más”. Lo reproducido hasta la saciedad por los medios de comunicación se resumía en este relato:

La noche del viernes 22, Valentina, una estudiante de veterinaria en su último año, había recibido la visita de su novio, F.G. de 30 años, en su domicilio de la calle Menéndez Pelayo 8. La pareja se había conocido un año atrás y la chica, cansada del maltrato del hombre y sus continuos celos, había tratado de dejarle repetidas veces, aunque siempre acababa produciéndose la reconciliación por los ruegos del otro y sus promesas de enmienda. Esa noche, sin embargo, Valentina había tomado la firme resolución de poner fin a aquella relación tóxica. F.G no había aceptado la ruptura y la había apuñalado con un cuchillo de cocina. Con el mismo artilugio había tratado luego de suicidarse cortándose las venas, pero al ver su sangre en el primer corte casi inofensivo que se había realizado en la muñeca derecha, había perdido el conocimiento. Los vecinos alertados por los gritos de dolor de la mujer cuando había recibido las primeras puñaladas en su estómago habían llamado inmediatamente a la policía, que llegó al escenario apenas diez minutos después para encontrar el cuerpo inerte de Valentina ensangrentado y el de F.G. con sus cortes superficiales. Ambos aparecían sentados en el sofá de la casa, la televisión estaba encendida. Los policías concluyeron que el presunto asesino arrepentido de su acto había sentado en el sofá a la víctima con la intención de reanimarla, pero que al ver la inutilidad de su intento, había tratado de quitarse la vida sin éxito, pues su aprehensión a la sangre de ella y la emanada de su propio herida le habían hecho perder el conocimiento.

  

Conocí a Valentina en Tinder. No fue su rostro dolorosamente bello, de facciones propias de la Vespuccio de Boticelli, y su cuerpo blanco, encantadoramente rosado en algunas partes, de esbeltez imperfectible, de sonrisa confiada de hembra elegida por Dios para proclamar su conmovedor poder de crear la belleza suprema, lo que me atrajo de ella. Miento, siempre voy a por las chicas cuya figura encaja en mi patrón de belleza femenina, ellas tienen que ser lozanas, frescas, armoniosas, llenas de vitalidad y de amor a sí mismas. Sin embargo, son muchas las mujeres en Tinder que cumplen con estas exigencias de mi rígido sentido estético, pues lo que me decidió a escogerla entre los dos mil doscientas veintidós candidatas que me ofrecía la aplición para el radio de 22 kilómetros en la provincia de Madrid que había seleccionado, fue el escueto texto de su perfil, esas veintidós palabras me atrajeron inmediatamente: “Si no te pareces al de la foto cuando quedemos me pagarás todas las copas hasta que me lo parezcas. Que lo sepas”.

Me fascinó su alegre asunción de que los hombres mienten sobre su aspecto físico, que quedan con chicas con el único propósito de acostarse con ellas, que querrán emborracharse, que necesitan que se les diga que deben pagar todas las consumiciones porque se ha perdido esa sana costumbre. Ese hedonismo brutal, abierto, sincero, gozoso, ese mensaje lanzado a toda la comunidad masculina de una provincia como Madrid que contiene cuatro millones de hombres. La frágil y bellísima Valentina mandando ese mensaje a los que presuponía una jauría de tipos anhelando penetrarla, dando por hecho que todos la deseaban. Valentina escribiendo ese perfil con una sonrisa en los labios de picardía. Como quien prepara una trampa para atrapar a un ratón con un poco de queso, sentándose a esperar unos pocos minutos para que su estrategia surta efecto. No hay duda alguna de que lo hará. A la media hora ya sabe que podrá elegir a placer entre las decenas de hombres, quizás cientos, que le han dicho sí a todo con un “like”, ansiosos por ser correspondidos con otro deseado “like” de ella que desencade el “Match” y les abra la puerta a la siguiente fase en la que podrán mandarse mensajes.

Yo soy guapo, ni yo ni mi foto mentimos. Esa es la primera verdad que le dije a Valentina. La siguiente fue en forma de mensaje de texto: “Me fascina tu belleza. Aunque no tendré que pagarte las copas cuando me veas por haberte engañado con mi aspecto, te las pagaré igual, todas las que quieras. De hecho, me gustaría también invitarte a cenar. Te pido por favor que elijas tú el restaurante. El que prefieras, cerca de tu casa, en tu barrio, en el centro o en la sierra. Tú mandas, Valentina”. No tardó más de cinco minutos en contestarme. Su mensaje fue encantador: “¡Qué generoso! ¡Pero no vayas tan rápido! A parte de pasarte varias horas al día en el gimnasio como me chivan tus fotos, que según tú son verdaderas, qué haces con tu vida”. En esta ocasión también le dije la verdad: soy fotógrafo, trabajo para una agencia importante de publicidad, vivo solo en un piso amplio del barrio de Chamberí, me gustan las motos, los restaurantes caros y practico deporte compulsivamente. Tras un intercambio de mensajes insustanciales, aunque necesarios, Valentina no quería parecer demasiado fácil, accedió a que nos viésemos.

Eligió una pizzería de la calle Cervantes, en el Barrio de las Letras, donde una vez había cenado con sus amigas y le había encantado. Le propuse quedar a las 22:00 dentro del restaurante. Eso fue el viernes 15. Yo llegué puntual, siempre llego puntual a mis citas. Ella con diez minutos de retraso. Me reconoció enseguida. Aparentaba seguridad y tranquilidad, aunque ciertos movimientos bruscos al coger el cuchillo y tenedor con el que cortó la pizza delataban su estado de nervios. Le gusté desde el principio. Esas cosas las noto: las chicas no pueden dejar de sonreír, aunque hacen esfuerzos al hablar de asuntos serios para adoptar una pose de respetabilidad. Sin embargo, es una seriedad enmascarada, no pueden esconder la felicidad que les produce saberse deseadas por un hombre guapo, seguro de sí, socialmente posicionado.

Valentina hablaba de su amor por la veterinaria con sincera pasión. Desde pequeña había querido dedicarse a salvar la vida de los animales. Su vocación nació en un momento exacto cuando tenía siete años. Estaba con su familia en la casa de unos amigos que vivían en un gran ático. El dueño de la casa iba a preparar conejo. Para ello extrajo uno de las jaulas que había diseminadas allí y acá en la inmensa terraza. Agarró un pequeño conejo por las dos orejas, en la otra mano sostenía una especie de palo de madera como un bate de béisbol. El tipo explicaba con jovialidad como debía asestarse el golpe de gracia al animal para que este sufriese lo menos posible. Había que propinar un golpe seco; solo uno en el entrecejo que le provocase la muerte súbita. Entre risas decía que no siempre acertaba y que en ocasiones requería de varios golpes. Una vez, el conejo incluso había sido capaz de escapar tras la primera andanada y había tenido que perseguirlo por la terraza y matarlo como a las cucarachas. Valentina decía que la impresión que le causó aquella escena le hizo imposible pensar en otra cosa que salvar cuantos animales pudiese de tipos como aquel amigo de su padre. Su primer impulso fue el de darle una patada en la espinilla, de modo que el conejo quedó liberado. La joven valiente Valentina de siete años se interpuso en la caza que la huida había desatado por toda la casa, ella fue más rápida que los demás, cogió al conejo en sus protectores brazos y trató de encerrarse en una habitación. Aquel día murió el conejo a manos de su familia, y luego fue degustado. Ella se negó a comer en todo el día. Desde entonces supo que solo podía ser veterinaria. Ahora, en su último año de carrera, estaba a punto de comenzar unas prácticas en una clínica de su barrio. Dedicaba también mucho tiempo a asociaciones de defensa de los derechos de los animales, de hecho, estaba muy involucrada en labores de promoción y difusión de propaganda e información sobre el maltrato animal a través de las redes sociales.

Aquella noche en la pizzería Cervantes se creó una atmósfera encantadora entre los dos. Una vez que había comenzado hablar de su pasión y sentirse atentamente escuchada, le resultaba imposible dejar de hablar con jovialidad. Soy bueno dando réplicas y encaminando a la gente a que me hable sin parecer tímido o reservado, a pesar de que cedo la palabra casi por completo. En su casa, seguimos hablando, mejor dicho seguí escuchándola, ella siguió sonriendo sin remedio. Nos acostamos juntos. Tuvimos una larga noche de sexo y caricias. Me encantan las mujeres que como Valentina conciben el sexo como un incesante intercambio de caricias y besos breves y tiernos. La penetración es imprescindible, pero complementaria, pues la atención se centra en ser capaces de contener y alargar la excitación a través de un incesante intercambio de delicadezas  chocando suavemente los rostros, la nariz, con besos parsimoniosos. Al día siguiente por la mañana, desayunamos en la cama: bajó a por churros, otra de sus pasiones, y exprimió varias naranjas para hacer un zumo delicioso. Lo pasé realmente bien.

Me encantaba Valentina. Si no fuera porque estoy completamente zumbado, según lo que adivino dirán si un día me cogen y me preguntan por qué mato a las mujeres con las que me meto en la cama, podría haber pasado muchos días felices junto a ella. Yo sé que no estoy loco ni soy un psicópata. Valentina me dio una gran lección sobre ello, de hecho, hasta el día de hoy, Valentina ha sido mi experiencia más gratificante en toda mi trayectoria en la que ejerzo mi vocación. Me da rabia pensar que ella haya sido el número 15 de las mujeres que han pasado por mi taller de imágenes poéticas. Lo justo es que ella hubiese constituído la número veintidós de mis obras de arte. Cuando mate a veintidós me detendré. En eso soy más preciso que Valentina, cuyo limite para salvar vidas de animales era impreciso: quería arrebatarle a la muerte prematura a todos los conejos, perros, gatos, ballenas… Yo solo voy a matar a 22 mujeres.

Lo supe también muy pronto, cuando era niño y descubrí mi vocación. Yo tenía ocho años. Miraba aquel programa tan famoso de televisión, “El un, dos, tres”, junto a mi madre como todos los viernes por la noche. Los que más nos gustaban eran el Dúo Sacapuntas: un andaluz bajo y gordo y otro alto y delgado disfrazados de toreros. No recuerdo sus chistes ni por qué nos hacían tanta gracia a mi madre y a mí, tan solo viene a mi memoria el modo en el que concluían todas sus actuaciones repitiendo incansablemente el número 22, hacían como una especie de canto letanía a coro, veintidós, veintidós, veintidós y desaparecían escaleras arriba entre el público.


Aquella noche de marzo de 1986 mi padre abrió la puerta de la casa con una brusquedad inusual. La mirada de pánico de mi madre me puso en alerta: era uno de esos días en los que mi padre regresaba a casa apestando a alcohol y con muy mal humor. Normalmente sucedía porque había perdido a las cartas con sus amigos del bar. Lo habitual era que esos días empujase e insultase a mi madre durante un rato y luego se fuese a dormir su borrachera. Aquella noche dijo: “Mírala a la muy vaga viendo la televisión. ¿Qué agusto se está sin hacer nada mientras yo traigo el dinerito para todo, eh?”. Ese día, mi padre estaba mucho más bebido que otras veces. Fue a la cocina a por el plato con la cena que le había preparado mi madre: conejo con tomate. ¿Te das cuenta Valentina que belleza de coincidencias? ¿Cuánta matemática misteriosa entre nosotros? Mi padre se sentó junto a ella en el sofá mientras dirigía su mirada turbia y vidriosa hacia la televisión. El Dúo Sacapuntas estaba concluyendo su número, mi madre y yo esperábamos con una sonrisa el momento en el que todo concluyese de manera inesperada en el número veintidós. Cuando finalmente lo hicieron y comenzaron a decir “Veintidós, veintidós, veintidós…”, los dos prorrumpimos en una carcajada al unísono. Mi padre aturdido por el alcohol se sobresaltó en un primer momento. Luego su cara se ensombreció y estalló en un grito: “¡Encima se ríe la muy puta! ¡Pero serás zorra!”.

Y en ese momento le clavó el cuchillo a mi madre en la garganta. La sangre salía a borbotones y manchaba su bata estampada de flores. Mi padre y yo nos quedamos en el más absoluto silencio. En la televisión sonaba todavía el veintidós, veintidós, veintidós… Mi padre tenía el pánico más absoluto en su rostro, hizo un amago de arcada, luego se inclinó en el sofá con los ojos cerrados, como si estuviese echando una cabezada. De repente, como haciendo un esfuerzo sobrehumano, abrió los ojos, que se dirigieron al cuchillo que aún tenían en las manos, lo asió con fuerza y trató de hacerse un corte en la muñeca. No pudo, nada más ver la primera gota de sangre cayó desmayado. De la televisión, todavía salía aquel veintidós, veintidós, veintidós .


Querida Velentina, la vida es un misterio precioso, a veces un absurdo indescifrable. En ocasiones, sin embargo, nos es dado vislumbrar sus poéticas matemáticas y sus intricadas leyes, que algunos llaman casualidades. Nunca sospeché que tuvieses en realidad un novio. No puedes imaginar las lágrimas de ternura que me surgieron al saber que él también iba a ser parte de aquella fotografía, tan similar al Bello Portal de Belén en el que tuvo lugar el nacimiento de mi vocación, que es también mi religión. Él morirá sin saber que fue instrumento de un bellísimo episodio y pasando por autor de un acto que jamás comprenderá. En eso a veces reconozco que la vida solo puede ser considerada como injusta. En todo caso, me consuela saber que cada uno tenemos la capacidad de elegir y él en la cárcel donde estará unos cuantos años aún tiene la posibilidad de urdir su propia historia y su propia religión como le dicte su vocación.

Valentina, solo tú hubieses sido capaz de escuchar como yo hablaba de mi propia vocación con la misma pasión con la que tú relatabas la tuya. Las fotos que hice de mi madre y mi padre sangrantes sentados en el sofá las guardó como el testimonio vivo del nacimiento del nuevo arte que he inventado. Toda una noche estuve haciéndoles fotos. No sabía qué otra cosa hacer. Las fotos eran lo que más me habían relajado siempre. Solo podía hacer fotografías de los cuerpos inmóviles de mi padre. Entonces era demasiado pequeño como para entender qué significaba aquello que me había sucedido, lo que estaba claro y siempre supe, y luego me enseñó la escuela, todas las cosas tienen su porqué y suceden porque tienen que suceder.

Esa verdad inapelable la fui descubriendo a través de los años, cuando me llevaron a colegios de huérfanos, a internados, con aquellos curas que trataban a los niños como a conejos. Todas las piezas fueron encajando. Lo único que aún no entiendo es por qué tú no fuistes la número veintidós. Confío no obstante en la lógica que me ha llevado a inventar este nuevo arte tan extraño y sin embargo cargado de significados que muy pocos podemos comprender de verdad. Soy fuerte y puedo con ello. Cuando llegué la numero veintidós estoy seguro de que seré capaz de entender aún mejor.

Para entonces quizá, mi amada y predilecta Valentina, escriba otra carta solo para ti.